Curiosidades. Historia
Historia de los alimentos
¿Qué transportaban los barcos del siglo XVII que se dirigían al Nuevo Mundo?
Publicado en The Conversation el: 28 octubre 2026 18:22 CET
Autoría: Javier Mora García, Profesor de lengua e investigador, Universidad de Valladolid
DOI https://doi.org/10.64628/AAO.gfa7ck5sp
El descubrimiento de América no solo supuso una revolución por el hallazgo de territorios desconocidos con habitantes y culturas totalmente ajenas para los europeos. También tuvo un gran impulso en diferentes ámbitos, entre ellos el naval.
Con el objetivo de comunicar, controlar y administrar las colonias españolas del Nuevo Mundo, se creó el sistema de la Flota de Indias. Su finalidad era proteger el comercio marítimo y el transporte de las mercancías a ambos lados del océano Atlántico. Para llevar a cabo esta relación comercial, se creó la Casa de Contratación y se centralizó toda su actividad en Sevilla. Este sistema se puso en funcionamiento en el siglo XVI y se prolongó hasta la segunda mitad del XVIII.
El influjo americano en los europeos fue muy importante con el descubrimiento de metales preciosos como el oro y la plata, alimentos como la patata y el cacao, y productos como el tabaco, que se popularizó rápidamente en el Viejo Mundo. No obstante, desde Europa también se transportaban todo tipo de bienes materiales.
Estos envíos eran necesarios porque la civilización americana era desconocida para los europeos y muchos de los productos no existían en este territorio. Además, la falta de infraestructura del continente para la fabricación de bienes hacía que fuese necesario llevar muchos de estos productos. Finalmente, servían para traer de vuelta metales como los ya mencionados oro y plata, junto a materias primas del Viejo Mundo. Por tanto, los productos se empleaban también como moneda de cambio para beneficiarse en los viajes de vuelta de los barcos. Después de todo, la Corona española impuso un monopolio comercial a las colonias, que tenían la obligación de comprar dichas mercancías.
En este sentido, los inventarios de bienes cobran una importancia fundamental porque no existía ningún otro mecanismo legal que recogiese los productos que se trasladaban y garantizase su autenticidad. Con ellos, podemos conocer la diversidad de productos que se cargaban y, de este modo, ahondar en la vida cotidiana del continente americano del siglo XVII.
Los más destacados
En el terreno de la alimentación no solo se enviaron productos básicos como el arroz o el azúcar, que se adaptaron perfectamente al clima del continente americano. También llegaron al Nuevo Mundo especias y condimentos como el azafrán, la nuez moscada, la canela, la pimienta o el jengibre; aderezos como el aceite y el vinagre; encurtidos como la aceituna o la alcaparra; frutos secos como la castaña, la almendra o los dátiles; y frutas como la manzana. Tampoco faltaron los alimentos en conserva para prolongar su vida útil.
Incluso se transportaban bebidas como el anís, el vino tinto y el vino blanco, que ya eran muy populares en el territorio europeo.
Otro ámbito importante era el textil, dado que España contaba con importantes talleres de fabricación. Se llevaban toda suerte de lienzos y telas como el angeo, la anafaya, la beatilla, el brocado, el cordobán y la estameña, entre otros. También llegaron pieles como la badana, el becerro, la cabritilla o la gamuza.
No solo se enviaba la materia prima. Lo sabemos porque los inventarios de mercadurías están repletos de ropa ya confeccionada. Los documentos de la época reflejan almillas, basquiñas, camisas, zamarros, gorgueras o jubones. Además, se incluían prendas para la cabeza, como bonetes, gorras o sombreros, así como calzado como borceguíes o pantuflas.
La indumentaria se podía complementar con diversos adornos –como pasamanos, gargantillas, alamares o bordaduras– y joyas –anillos, sortijas, ahogadores o diamantes–.
En este campo destacaba la chaquira, el arte de unir cuentas de diversas materias primas para confeccionar adornos que los españoles vendían a los indígenas.
Otros objetos y utensilios de diferentes campos
Asimismo, era muy común que se transportasen enseres del hogar. Viajaban en los barcos camas, colchones, cojines, cobertores, sábanas, manteles, almohadas, espejos o bufetillos, pero también llaves, llaveros, cazuelas, campanillas, candeleros, botas para vino o candados. Ante la imposibilidad de encontrarlos en América, era necesario llevarlos para mantener el estatus social europeo y las costumbres del Viejo Mundo.
La escasez de industria, así como la necesidad de disponer de hierro y acero, explica nuevamente el motivo de que se trasladasen herramientas y utensilios de diverso tipo a América. Eran indispensables para la construcción, la carpintería, la metalurgia o el textil, e incluso para la introducción de cultivos europeos y la ganadería. Por esta razón se localizan clavos, alfileres, alquitaras para destilar, alicates, almocafres para la tierra, bisagras y lancetas de barbero.
Otros productos que aparecen en el inventario están relacionados con la pesca, la música o el mundo ecuestre, fundamental en el transporte, la guerra y el comercio. No faltaban tampoco medicamentos como la triaca, confeccionado fundamentalmente de opio, o el diaquilón, un ungüento para ablandar los tumores, y objetos como la lanceta, una especie de bisturí.
El agárico para fabricar ladrillos, el aguafuerte para controlar la calidad de los lingotes y monedas que se enviaban de vuelta a España, y la caparrosa (un sulfato de cobre, hierro o zinc) para la industria textil o para fabricar tintas para escribir están también documentados. Igualmente, aparecen bienes relacionados con la pintura como el azarcón, de color anaranjado; el bol arménico, una arcilla rojiza; o el génuli, un pigmento de color amarillo, que podían utilizarse para desarrollar la producción artística y artesanal en el Nuevo Mundo.
La guerra y la religión
Para atacar o defenderse, los colonos necesitaban ciertos objetos bélicos. Ahí encontramos armas como el arcabuz, semejante al fúsil; el alfanje, parecido al sable; las dagas y las espadas.
Asimismo, estaban presentes los elementos religiosos, dada la importancia de la evangelización de los pueblos indígenas. Entre ellos se incluyen el agnusdéi, un objeto de devoción, las cruces de cristal con iluminación y los cuadros con motivos católicos para decorar las nuevas iglesias y extender esa fe entre los habitantes de las colonias.
Esta es una breve muestra de los muchos enseres que se enviaron al continente americano desde el territorio español durante el siglo XVII. No solo refleja la importancia de estos viajes para la economía nacional, sino, sobre todo, la profunda transformación productiva, técnica y cultural que experimentó el Nuevo Mundo.
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Colón creía que en el Nuevo Mundo encontraría blemios y esciápodos en vez de personas
Publicado en The Conversation el 10 octubre 2018 23:25 CEST
En 1492, cuando Cristóbal Colón cruzó el océano Atlántico en busca de una ruta rápida hacia el este de Asia y el sudoeste del Pacífico, desembarcó en un lugar que le era desconocido. Allí encontró árboles extraordinarios, pájaros y oro. Pero Colón esperaba encontrar otra cosa y no fue así.
A su regreso, Colón escribió en su informe oficial que había «hallado muchas islas pobladas por un sinnúmero de personas». Elogió las riquezas naturales de las islas, pero añadió: «En estas islas no he hallado ningún hombre monstruoso, como muchos pensaban».
Y uno podría preguntarse: ¿por qué esperaba encontrar monstruos?
Mi investigación y las de otros historiadores revelan que las ideas de Colón estaban lejos de ser anormales. Durante siglos, los intelectuales europeos habían imaginado un mundo más allá de sus fronteras habitado por «razas monstruosas».
Las «razas monstruosas» existen
Uno de los primeros relatos sobre estos seres no humanos lo escribió el historiador natural romano Plinio el Viejo en el año 77 d. C. En un gran tratado escribió sobre personas con cabeza de perro, conocidas como cinocéfalos, y sobre los «astoni», criaturas sin boca que no necesitaban comer.
Los relatos sobre criaturas maravillosas e inhumanas, como cíclopes, blemios —criaturas con la cara en el pecho— y esciápodos —que tenían una sola pierna con un pie gigante— circulaban por toda la Europa medieval en manuscritos copiados a mano por escribas que a menudo adornaban los tratados con ilustraciones de esas criaturas fantásticas.
Xilografía de Sebastian Münster de 1544 que representa, de izquierda a derecha, un esciápodo, un cíclope, unos siameses, un blemio y un cinocéfalo. Wikimedia Commons
Aunque siempre hubo algunos escépticos, la mayoría de europeos creía que las tierras lejanas estarían pobladas por estos monstruos, y las historias sobre monstruos viajaron mucho más allá de las exclusivas y elitistas bibliotecas.
Por ejemplo, los feligreses de Fréjus, una antigua ciudad de comerciantes del sur de Francia, podían deambular por el claustro de la catedral de Saint-Léonce y analizar los monstruos en los más de 1.200 paneles de madera pintados en el techo. Algunos paneles representaban escenas de la vida diaria: monjes del lugar, un hombre montado en un cerdo o acróbatas retorcidos. Muchos otros describían híbridos monstruosos: personas con cabeza de perro, blemios y otros desgraciados aterradores.
El techo de la Catedral de San Leónce, en Fréjus, alberga un conjunto de criaturas monstruosas. Peter C. Mancall, Author provided
Quizás nadie hizo tanto por difundir la noticia de la existencia de monstruos que un caballero inglés del siglo XIV llamado John Mandeville, quien, en un relato sobre sus viajes a tierras lejanas, afirmó haber visto personas con orejas de elefante, un grupo de criaturas que tenían la cara plana con dos agujeros y otra que tenía la cabeza de un hombre y el cuerpo de una cabra.
Los académicos debaten si Mandeville podría haberse aventurado lo suficiente como para ver los lugares que describió, e incluso si fue una persona real. Pero su libro fue copiado una y otra vez y probablemente se tradujo a todos los idiomas europeos conocidos. Leonardo da Vinci tenía una copia y Colón también.
Las viejas creencias son difíciles de erradicar
Aunque Colón no vio monstruos, su informe no fue suficiente para desechar las ideas prevalecientes sobre las criaturas que los europeos esperaban encontrar en aquellos lugares desconocidos.
En 1493, en torno a la época en que comenzó a circular el primer informe de Colón, los impresores de las Crónicas de Núremberg, un gran volumen sobre historia, incluyeron imágenes y descripciones de los monstruos.
Poco después del regreso del descubridor, un poeta italiano realizó una traducción en verso que describía el viaje de Colón, cuyo impresor ilustró con monstruos, entre ellos un esciápodo y un blemio.
De hecho, la creencia de que los monstruos vivían en los confines de la Tierra pervivió durante generaciones.
En la década de 1590, el explorador inglés Sir Walter Raleigh escribió a los lectores sobre los monstruos americanos de los que había oído hablar en sus viajes a la Guayana. Algunos de ellos tenían «los ojos en los hombros, la boca en medio del pecho y les crecía un gran mechón de pelo hacia atrás entre los hombros».
Poco después, el historiador natural inglés Edward Topsell tradujo un tratado de mediados del siglo XVI sobre los diferentes animales del mundo, un libro que se publicó en Londres en 1607, el mismo año en que los colonos fundaron una pequeña comunidad en Jamestown, Virginia. Topsell estaba ansioso por incorporar descripciones de los animales americanos en su libro. Pero junto a los capítulos sobre caballos, cerdos y castores del Viejo Mundo, los lectores conocieron al «monstruo noruego» y a una «bestia muy deformada» que los americanos llamaban «haut». Otro era conocido como «su», era «muy deforme», tenía «una presencia horrenda» y era «despiadado, indomable, impaciente, violento [y] salvaje».
Por supuesto, en el Nuevo Mundo las ganancias de los europeos tuvieron un coste espantoso para los nativos americanos: los recién llegados les robaron su tierra y sus tesoros, les esclavizaron, introdujeron enfermedades del Viejo Mundo y produjeron cambios medioambientales a largo plazo.
En definitiva, quizás eran estos indígenas americanos los que veían a los invasores de sus tierras como una «raza monstruosa»: criaturas que desestabilizaron sus comunidades, les robaron sus propiedades y amenazaron sus vidas.






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